jueves, 17 de febrero de 2011

John Steinbeck




«Y los grandes propietarios, los que deben ser desposeídos de su tierra por un cataclismo, los grandes propietarios con acceso a la historia, con ojos para leer la historia y conocer el gran hecho: cuando la propiedad se acumula en unas pocas manos, acaba por serles arrebatada. Y el hecho que siempre acompaña: cuando hay una mayoría que tiene hambre y frío, tomará por la fuerza lo que necesita. Y el pequeño hecho evidente que se repite a lo largo de la historia: el único resultado de la represión es el fortalecimiento y la unión de los reprimidos», 
(John Steinbeck – Las uvas de la ira).

John Steinbeck escribió su obra maestra Las uvas de la ira con 37 años, en 1939, al final de la Gran Depresión. Steinbeck obtuvo el Premio Nobel y el Pulitzer. John Ford hizo después una adaptación clásica al cine en 1941, con Henry Fonda. Es considerada como unas de las mejores 25 cintas en la historia de EE.UU. El libro fue también uno de los más prohibidos en la historia de ese país. Steinbeck fue estigmatizado como comunista y anticapitalista por mostrar apoyo a los trabajadores pobres. Algunas cosas nunca cambian, y los intereses acaudalados que controlan los medios tratan de alejar la culpa de nuestra depresión actual de sus actos fraudulentos. La novela representa una crónica de la Gran Depresión y un comentario sobre el sistema económico y social que la causó. La obra de Steinbeck sobre los trabajadores pobres reverbera con el pasar de las décadas. Escribió la novela en medio de la última Cuarta Crisis. Sus temas de la inhumanidad del hombre hacia el hombre, la dignidad e ira de la clase trabajadora, y el egoísmo y codicia de la clase acaudalada parecen verosímiles en la actualidad.



Steinbeck se convirtió en el campeón de la clase trabajadora. Cuando decidió escribir una novela sobre la difícil condición de los trabajadores agrícolas migrantes, tomó muy en serio su tarea. Para prepararse, vivió en una familia de trabajadores agrícolas y viajó con ellos a California. Setenta años después, las difíciles condiciones de la clase trabajadora son las mismas. Si Steinbeck estuviera vivo en la actualidad, viviría con una familia de trabajadores de la industria automovilística de Michigan en viaje a la fantasilandia de la energía verde, donde los automóviles se mueven con maíz y luz solar. La clase trabajadora soportó la carga principal de la Gran Depresión en los años treinta y soporta la carga de nuestra actual Enorme Depresión. Steinbeck sabía hace setenta años quiénes eran los culpables. Sabemos quiénes son los culpables en la actualidad. Son los mismos. Los intereses bancarios acaudalados causaron la Gran Depresión y crearon el desastroso colapso que hasta ahora ha destruido 7 millones de puestos de trabajo de la clase media. Steinbeck comprendió que la clase trabajadora pobre de este país tenía más dignidad y compasión por el prójimo que cualquier banquero de Wall Street a la busca de enriquecimiento a costa de la clase trabajadora.

La lamentable situación apremiante del trabajador agrícola estadounidense no comenzó con la caída de los mercados bursátiles en 1929. Las semillas de la destrucción fueron plantadas antes y durante la Primera Guerra Mundial. La automatización mediante la tecnología permitió cultivar más tierra. Los precios agrícolas aumentaron debido a la fuerte demanda mundial, llevando a los agricultores a aumentar drásticamente los cultivos. Al aumentar los precios de los productos agrícolas básicos, los agricultores cayeron en la clásica trampa en la que cayeron los compradores de inmensas y pretenciosas casas nuevas desde 2000 hasta 2006. Los agricultores incurrieron en inmensas deudas para adquirir más tierras y equipos agrícolas ya que los bancos locales estaban dispuestos a alimentar sus ilusiones con préstamos.

La inhumanidad del hombre hacia el hombre.
"Siempre me pareció extraño que las cosas que admiramos en los hombres, la bondad y la generosidad, la franqueza, la honestidad, la comprensión y el sentimiento acompañan al fracaso en nuestro sistema. Y esos rasgos que detestamos, nitidez, codicia, ambición, mezquindad, egoísmo, interés personal, son los rasgos del éxito. Y mientras los hombres admiran la calidad de las primeras, les gusta el producto de la segunda", John Steinbeck.


 La Reserva Federal fue creada por banqueros para beneficiar a banqueros. La Reserva Federal compró 1.100 millones de dólares en valores del gobierno desde febrero a julio de 1932, lo que hinchó su cartera hasta los 1.800 millones. Las reservas totales de los bancos sólo aumentaron en 212 millones de dólares, pero sucedió porque la población estadounidense perdió confianza en el sistema bancario y comenzó a guardar más dinero en efectivo, un factor que estaba en gran parte fuera del control del Banco Central. La posibilidad de una estampida bancaria llevó a los banqueros locales a ser más conservadores al prestar sus reservas, y fue la causa de la incapacidad de inflar de la Reserva Federal. Desde su creación entre bastidores en una medianoche de 1913, la Reserva Federal, propiedad de los bancos, ha tratado de beneficiar a sus dueños, los grandes intereses bancarios de Wall Street y sus protectores políticos en el Congreso. La clase trabajadora nunca ha sido otra cosa que organismos hospedadores utilizados por los parásitos para gravarlos y engatusarlos a fin de que se endeuden.

Desde la adopción de la tarjeta de crédito a gran escala a finales de los años sesenta, el papel de los banqueros y de la deuda en nuestra sociedad ha crecido incansable e implacablemente. A mediados de los años ochenta fue demasiado tarde para echar marcha atrás, cuando el sector financiero sobrepasó al sector manufacturero en importancia relativa para nuestra economía. Actualmente, los beneficios generados por los banqueros mediante la venta de deuda a la clase media, la creación de derivados para estafar viudas y fondos de pensiones, y el manejo de sus instituciones como casinos espídicos subidos al apalancancamiento financiero representan un 21,5% del PIB. Los beneficios de manufacturas ascienden ahora a un miserable 11,2% del PIB, mientras directores ejecutivos titanes de la industria de la General Electric, Hewlett Packard, Intel y Apple enviaron los puestos de manufactura a Asia en un noble esfuerzo por aumentar las utilidades por acción y otorgarse recompensas con paquetes de 30 millones de dólares




La elite del poder que cree que puede controlar a las masas como un titiritero maneja una marioneta debería andar con cuidado. La ira de las masas puede ser feroz y repentina. Preguntadle a Hosni Mubarak. Como Steinbeck se dio cuenta hace muchas décadas, el egoísmo descontrolado, apoyado y alentado por las autoridades, conduce a la pobreza, a la desesperación y a veces a la revolución. El falso mantra de una economía basada en el interés propio y el libre mercado es una cortina de humo propagada por los pocos con riqueza y poder para oscurecer la verdad de que han utilizado su riqueza y su poder para amañar el juego a su favor. Los que no tienen nada pueden soñar con llegar a poseer, pero las probabilidades de lograr ese sueño son actualmente minúsculas. Steinbeck distingue con mordacidad entre el egoísmo de la clase acaudalada y el altruismo de los trabajadores pobres. En contraste y en conflicto con esta política de egoísmo está la conducta de los migrantes entre ellos. Conscientes de que su sustento y supervivencia dependen de su devoción hacia el bien colectivo, los migrantes se unen –compartiendo sus sueños, así como sus cargas– a fin de sobrevivir.
Los que tienen el control tienen que mantener la división de las masas. Necesitan que los estadounidenses sean distraídos por amenazas terroristas fantasma, diferencias políticas irrelevantes, American Idol, Charlie Sheen, Lindsey Lohan y Lady Gaga. Necesitan que los estadounidenses se concentren en sí mismos. Su mayor temor es que el pueblo estadounidense se dé cuenta de que «Nosotros» podemos cambiar la dirección de este país y llevar ante la justicia a los perpetradores de crímenes contra el pueblo de este país.


El pueblo de EE.UU. tiene una alternativa. Puede continuar por un camino de apatía, egoísmo y persecución del lucro, o puede unirse con generosidad y preocupación por el bienestar del prójimo y de futuras generaciones aún no nacidas. El camino actual, forjado por una minoría de una elite privilegiada acaudalada, llevará a la destrucción de este país y a una miseria de una escala sin precedentes. Depende de cada uno de nosotros mostrar el coraje de John Steinbeck, quien sin pensar en sí mismo, se alzó contra las rocas de la condena, y se pronunció a favor de los que no tienen una verdadera voz en las salas de la justicia, o en las salas del gobierno. Al hacerlo se convirtió en enemigo del status quo político. ¿Estáis dispuestos a incurrir en la ira de los intereses creados y enfrentar sus mentiras y propaganda con la furia de vuestra propia ira en busca de la verdad? Esos sujetos están seguros de que no tenéis el coraje, la fortaleza de ánimo y la ira para derrotarlos.

miércoles, 16 de febrero de 2011

LA MITOLOGÍA DEL 18 DE JULIO DE 1936.

JOSEP FONTANA

Precisar el momento en que quienes conspiraban contra la República española optaron por sublevarse para derrocarla es importante para entender mejor sus motivos. La mitología del 18 de julio, que pretendía que la guerra se había iniciado como una respuesta a los abusos cometidos por el Gobierno del Frente Popular, ponía el acento en el asesinato de Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936, para legitimar el levantamiento militar con este suceso.

Los orígenes de la revuelta, sin embargo, hay que ir a buscarlos cinco meses antes, al domingo 16 de febrero de 1936, cuando se realizaron elecciones generales en España. La jornada electoral fue tranquila, como reconocía ABC el lunes 17: “Ha llovido copiosamente en la madrugada del domingo. Las calles aparecen encharcadas. Llovizna a la hora de abrirse los colegios y esto retrae un poco a los comodones. Luego cesa de llover, no hace mucho frío y el sol aparece a ratos. A diferencia de otras elecciones, la gente ha cargado desde mediodía. Contribuyó a ello que se propagaba por todo Madrid la noticia de que la tranquilidad era absoluta. Nada de lo que amenazaban los derrotistas tuvo confirmación. Ni huelga, ni agresiones, ni escándalos. Todo el mundo votó como quiso, con absoluta libertad. Señálase este importante detalle en honor de los españoles, porque lo mismo que en Madrid ocurrió en toda España”.

Algo más había ocurrido, sin embargo, que ABC no contaba. A las tres de la madrugada de la noche del 16 al 17, cuando las primeras noticias indicaban que podía producirse una victoria del Frente Popular, José María Gil-Robles, jefe de la CEDA, el principal de los partidos de la derecha, despertó al jefe del Gobierno, Manuel Portela Valladares, para decirle que la llegada al poder de la izquierda era peligrosa y que no había otra salida que la de que Portela siguiese al frente del Gobierno y proclamase una dictadura, para lo cual podía contar con la total adhesión de las derechas, “así como de cuantos elementos representaban la estabilidad y el orden en el país”. En vista de que Portela se mostraba indeciso, Gil-Robles se puso en contacto con el general Franco, jefe del Estado Mayor, quien se puso de inmediato a conspirar por su cuenta.



Los planes de Franco incluían aprovechar su posición en el ministerio para ordenar a las regiones militares que declarasen el estado de guerra, y adueñarse del poder con un golpe militar en la capital. Según contó el propio Franco en un texto escrito en 1944: el lunes 17 de febrero “convocó a aquellos generales que le habían expuesto en otras ocasiones su disgusto y necesidad de un movimiento para evitar que el Frente Popular se hiciese con el poder”. Contaba con los generales Goded y Del Pozo, y “con otros dos jefes de unidades armadas de cuya incondicionalidad (sic) no dudaba”. Pero “no tardaron estos generales en regresar de sus gestiones con la cabeza baja”. Los jefes de la guarnición de Madrid consideraban que la oficialidad no secundaría en frío un movimiento contra los poderes constituidos, si la Guardia Civil y los guardias de asalto no tomaban parte en él. Esta es la razón que explica que Franco hiciese todavía otro intento, tratando de convencer al general Pozas, inspector general de la Guardia Civil, para que se sumase a la sublevación.



El martes 18 de febrero Pozas acudió a ver a Portela para denunciarle “que los generales Franco y Goded están dando instrucciones desde el Ministerio de la Guerra para que los militares declaren el estado de guerra y se apoderen del Gobierno”. Portela se mostró indignado, pero no hizo nada. Lo único que deseaba en aquellos momentos era abandonar el poder cuanto antes, de modo que decidió dimitir de inmediato, sin aguardar siquiera a que concluyera el escrutinio de los votos. Muchos gobernadores civiles hicieron lo mismo y las provincias quedaron sin autoridades, con la gente echándose a la calle.



Ante semejante vacío de poder los vencedores se vieron obligados a hacerse cargo del Gobierno de inmediato, de modo que el jueves 20 de febrero se celebró el primer consejo de ministros, en una difícil situación que Azaña describía con estas palabras: “Continúan los alborotos en algunos puntos de Andalucía y Levante. En Valencia hay un lío tremendo por la sublevación de los presos de San Miguel de los Reyes. Han quemado parte del penal. Están revueltos los presos comunes y los políticos, que han caído como en rehenes de aquellos. En Alicante han quemado alguna iglesia. Esto me fastidia. La irritación de las gentes va a desfogarse en iglesias y conventos y resulta que el Gobierno republicano nace, como el 31, con chamusquinas. El resultado es deplorable. Parecen pagados por nuestros enemigos”.



En estas condiciones comenzó a gobernar el Frente Popular, mientras los militares que habían tratado de impedir que llegase al poder seguían preparándose para derribarlo cuanto antes. Lo que está claro es que el 17 de febrero de 1936, cuando Franco realizó su primer intento de sublevación militar, no había ocurrido todavía nada que lo justificase. La Guerra Civil española no se hizo ni contra los “desmanes del Frente Popular”, ni contra la inexistente “amenaza” del comunismo, sino contra el programa de reformas de unos republicanos moderados que no amenazaban más que los privilegios injustos de unas clases dominantes que obstaculizaban el progreso del país.



Josep Fontana es historiador



Ilustración de Mikel Casal


…en el más verde de los valles que habitan
ángeles benéficos…..erguíase un palacio lleno de
Majestad y hermosura……dominio del rey pensamiento……
…..allí se alzaba.
…..y nunca un diablillo batió sus alas sobre cosa tan bella…..
…..la canción que cantaban las sirenas….
……lo que le hace la primavera a los cerezos….
O el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres……
Todo esto resulta enigmático.

(El Hechizo de viento del Tiempo…)