JOSEP FONTANA
Precisar el momento en que quienes conspiraban contra la República española optaron por sublevarse para derrocarla es importante para entender mejor sus motivos. La mitología del 18 de julio, que pretendía que la guerra se había iniciado como una respuesta a los abusos cometidos por el Gobierno del Frente Popular, ponía el acento en el asesinato de Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936, para legitimar el levantamiento militar con este suceso.
Los orígenes de la revuelta, sin embargo, hay que ir a buscarlos cinco meses antes, al domingo 16 de febrero de 1936, cuando se realizaron elecciones generales en España. La jornada electoral fue tranquila, como reconocía ABC el lunes 17: “Ha llovido copiosamente en la madrugada del domingo. Las calles aparecen encharcadas. Llovizna a la hora de abrirse los colegios y esto retrae un poco a los comodones. Luego cesa de llover, no hace mucho frío y el sol aparece a ratos. A diferencia de otras elecciones, la gente ha cargado desde mediodía. Contribuyó a ello que se propagaba por todo Madrid la noticia de que la tranquilidad era absoluta. Nada de lo que amenazaban los derrotistas tuvo confirmación. Ni huelga, ni agresiones, ni escándalos. Todo el mundo votó como quiso, con absoluta libertad. Señálase este importante detalle en honor de los españoles, porque lo mismo que en Madrid ocurrió en toda España”.
Algo más había ocurrido, sin embargo, que ABC no contaba. A las tres de la madrugada de la noche del 16 al 17, cuando las primeras noticias indicaban que podía producirse una victoria del Frente Popular, José María Gil-Robles, jefe de la CEDA, el principal de los partidos de la derecha, despertó al jefe del Gobierno, Manuel Portela Valladares, para decirle que la llegada al poder de la izquierda era peligrosa y que no había otra salida que la de que Portela siguiese al frente del Gobierno y proclamase una dictadura, para lo cual podía contar con la total adhesión de las derechas, “así como de cuantos elementos representaban la estabilidad y el orden en el país”. En vista de que Portela se mostraba indeciso, Gil-Robles se puso en contacto con el general Franco, jefe del Estado Mayor, quien se puso de inmediato a conspirar por su cuenta.
Los planes de Franco incluían aprovechar su posición en el ministerio para ordenar a las regiones militares que declarasen el estado de guerra, y adueñarse del poder con un golpe militar en la capital. Según contó el propio Franco en un texto escrito en 1944: el lunes 17 de febrero “convocó a aquellos generales que le habían expuesto en otras ocasiones su disgusto y necesidad de un movimiento para evitar que el Frente Popular se hiciese con el poder”. Contaba con los generales Goded y Del Pozo, y “con otros dos jefes de unidades armadas de cuya incondicionalidad (sic) no dudaba”. Pero “no tardaron estos generales en regresar de sus gestiones con la cabeza baja”. Los jefes de la guarnición de Madrid consideraban que la oficialidad no secundaría en frío un movimiento contra los poderes constituidos, si la Guardia Civil y los guardias de asalto no tomaban parte en él. Esta es la razón que explica que Franco hiciese todavía otro intento, tratando de convencer al general Pozas, inspector general de la Guardia Civil, para que se sumase a la sublevación.
El martes 18 de febrero Pozas acudió a ver a Portela para denunciarle “que los generales Franco y Goded están dando instrucciones desde el Ministerio de la Guerra para que los militares declaren el estado de guerra y se apoderen del Gobierno”. Portela se mostró indignado, pero no hizo nada. Lo único que deseaba en aquellos momentos era abandonar el poder cuanto antes, de modo que decidió dimitir de inmediato, sin aguardar siquiera a que concluyera el escrutinio de los votos. Muchos gobernadores civiles hicieron lo mismo y las provincias quedaron sin autoridades, con la gente echándose a la calle.
Ante semejante vacío de poder los vencedores se vieron obligados a hacerse cargo del Gobierno de inmediato, de modo que el jueves 20 de febrero se celebró el primer consejo de ministros, en una difícil situación que Azaña describía con estas palabras: “Continúan los alborotos en algunos puntos de Andalucía y Levante. En Valencia hay un lío tremendo por la sublevación de los presos de San Miguel de los Reyes. Han quemado parte del penal. Están revueltos los presos comunes y los políticos, que han caído como en rehenes de aquellos. En Alicante han quemado alguna iglesia. Esto me fastidia. La irritación de las gentes va a desfogarse en iglesias y conventos y resulta que el Gobierno republicano nace, como el 31, con chamusquinas. El resultado es deplorable. Parecen pagados por nuestros enemigos”.
En estas condiciones comenzó a gobernar el Frente Popular, mientras los militares que habían tratado de impedir que llegase al poder seguían preparándose para derribarlo cuanto antes. Lo que está claro es que el 17 de febrero de 1936, cuando Franco realizó su primer intento de sublevación militar, no había ocurrido todavía nada que lo justificase. La Guerra Civil española no se hizo ni contra los “desmanes del Frente Popular”, ni contra la inexistente “amenaza” del comunismo, sino contra el programa de reformas de unos republicanos moderados que no amenazaban más que los privilegios injustos de unas clases dominantes que obstaculizaban el progreso del país.
Josep Fontana es historiador
Ilustración de Mikel Casal
..nacido animal..para crecer como individuo, pero mejorar como persona y morir como ser humano....
miércoles, 16 de febrero de 2011
martes, 15 de febrero de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
Reseña del Documental Inside Job
Lunes 18 de octubre de 2010
"No soy aficionada a impulsar la lucha de clases... pero"
• La crisis económica fue un inside job
Por Kathleen Parker - columnista conservadora del Washington Post

NUEVA YORK - Si no ha estado tarareando canciones de "Les Miserables", es que no ha visto "Inside Job", el nuevo documental acerca de la evolución de nuestra crisis económica.
El más clemente de los estadounidenses va a desear agarrar una horca y desfilar hasta Wall Street. O Harvard Square. O la fachada de la Casa Blanca. Hay tantos participantes despreciables que es difícil elegir al favorito. ¿Será momento de reconsiderar lo del Eje del Mal?
La cinta, escrita y dirigida por Charles Ferguson (y narrada por Matt Damon), se va a estrenar en las mejores ciudades esta semana. Aunque gran parte del argumento resulta familiar, Ferguson logra hilvanar décadas de fragmentos y piezas en una trama dramática que se desarrolla igual que una novela policíaca. Los nombres tienen cara, y la crónica combinada con ilustraciones gráficas ayuda a explicar la compleja serie de acontecimientos que condujeron a la debacle global.
He aquí unos aperitivos:
Uno, tratar de achacar la culpa a los Demócratas o a los Republicanos no tiene sentido. Todo el mundo es culpable. Desde principios de la década de los 80 cuando Ronald Reagan liberalizó la banca, pasando por los dos Bush, Bill Clinton y ahora Barack Obama, cada administración ha suscrito -- y cada Congreso ha ayudado a modificar -- las leyes y los reglamentos que no sólo hicieron posibles los abusos del sistema y la debacle sino que la hicieron, echando la vista atrás, inevitable.
Dos, muchos banqueros de inversión sabían que los créditos hipotecarios que se estaban titularizando y vendiendo eran basura. Lo sabían porque sus propios analistas se lo decían. Decenas de miles de créditos no cumplían los estándares básicos de respaldo, según un reciente testimonio ante la Comisión de Investigación de la Crisis Financiera, un grupo bipartidista creado para examinar las causas de la quiebra. No sólo eso, los iniciados en el sector financiero invertían contra sus propios clientes e instituciones.
Por todo el sistema, desde las instituciones de crédito a los reguladores federales pasando por los inspectores del Congreso, los encargados de proteger al consumidor apartaron la vista.
Tres, la relación próxima entre el sector financiero y el estamento académico universitario con solera, dentro de la que los economistas imponen políticas que les benefician económicamente, es reveladora. En algunos casos, los profesores de empresariales y los economistas de los principales centros universitarios de América aparecen con conflictos de interés al proponer políticas por las que habían recibido remuneración directa o de las que se beneficiaban en algún otro sentido.
En otros ejemplos, vemos que las mismas personas que crearon las políticas que finalmente condujeron a estos abusos siguen estando -- o estaban hasta hace muy poco -- cortando el bacalao. Notablemente ausentes de la película, al negarse a ser entrevistados, están Larry Summers, Tim Geithner, Hank Paulson, Alan Greenspan o Robert Rubin.
Esto no viene a decir que lo que beneficia al sector financiero perjudica por fuerza al estadounidense medio ni que todos los banqueros sean corruptos, pero el sistema claramente toleró los abusos que han conducido a las circunstancias actuales. La postura parecía ser que todo el mundo lo hacía.
Cuando los grandes bancos se derrumbaron, por supuesto, al que se culpó fue al contribuyente. A pesar de que había un consenso generalizado en que los rescates eran imprescindibles para que el crédito volviera a circular, simplemente no había justificación para las primas y los colchones de oro destinados a las mismas personas que empujaron a sus instituciones -- y a nosotros -- al desastre. La recompensa por la quiebra era la distinción.
Aunque la mayor parte de lo que la película pone de relieve resulta familiar, tiene algo de chirriante ver a los culpables de cerca en todo su esplendor moreno financiado por el contribuyente -- sus múltiples propiedades y aviones privados yuxtapuestos a las casas subastadas y los estadounidenses en paro viviendo en tiendas de campaña. Obsceno es la palabra que viene a la mente.
No soy aficionada a impulsar la lucha de clases, y la mayoría de los estadounidenses sigue queriendo conservar un sistema de mercado que deja abierta la posibilidad de que también ellos puedan trabajar duro y prosperar. Pero de "Inside Job" queda claro que las normas han sido alteradas para que sólo unos pocos se encuentren en posición de enriquecerse a expensas de la clase media, no sólo aquí sino a nivel global.
La película no es perfecta. Me pregunte qué se quedó en la cabina de edición. Parte de los entrevistados, que evitan preguntas o dan respuestas inaceptables, también parecen idiotas. Ninguno de estos tipos es idiota.
Y, al final, Ferguson no se puede resistir a hacer un comentario editorial mientras la cámara encuadra la Estatua de la Libertad. "Ciertas cosas son dignas de lucha".
Lo entendemos. La película está tan bien hecha y presentada con tanta precisión que no hizo falta ninguna promoción hollywoodiense. Cualquiera que vea esta película se enfadará. Por tanto, el único interrogante que queda es el motivo de que no se esté procesando a algunas de estas personas por fraude o por lo menos negligencia fiduciaria.
Se diría que nunca antes la Casa Blanca ha tenido un fiscal especial. La película de Ferguson, que el presidente y su equipo económico harían bien en ver -- y pronto -- podría tener una secuela:
"El Paseíllo"
"El Paseíllo"
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…en el más verde de los valles que habitan
ángeles benéficos…..erguíase un palacio lleno de
Majestad y hermosura……dominio del rey pensamiento……
…..allí se alzaba.
…..y nunca un diablillo batió sus alas sobre cosa tan bella…..
…..la canción que cantaban las sirenas….
……lo que le hace la primavera a los cerezos….
O el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres……
Todo esto resulta enigmático.
(El Hechizo de viento del Tiempo…)