martes, 26 de abril de 2011

RAINING TO PARADISE






Loada sea la duda! Os aconsejo que saludéis serenamente y con respeto a aquel que pesa vuestra palabra como una moneda falsa. Quisiera que fueseis avisados y no dierais vuestra palabra demasiado onfiadamente. Leed la historia. Ved a ejércitos invencibles en fuga enloquecida. Por todas partes se derrumban fortalezas indestructibles, y de aquella Armada innumerable al zarpar podían contarse las naves que volvieron. Así fue como un hombre ascendió un día a la cima inaccesible, y un barco logró llegar al confín del mar infinito. ¡Oh hermoso gesto de sacudir la cabeza ante la indiscutible verdad! ¡Oh valeroso médico que cura al enfermo ya desahuciado! Pero la más hermosa de todas las dudas es cuando los débiles y desalentados levantan su cabeza y dejan de creer en la fuerza de sus opresores. ¡Cuánto esfuerzo hasta alcanzar el principio! ¡Cuántas víctimas costó! ¡Qué difícil fue ver que aquello era así y no de otra forma! Suspirando de alivio, un hombre lo escribió un día en el libro del saber.

Quizá siga escrito en él mucho tiempo y generación tras generación de él se alimenten juzgándolo eterna verdad. Quizá los sabios desprecien a quien no lo conozca. Pero puede ocurrir que surja una sospecha, que nuevas experiencias hagan conmoverse al principio. Que la duda se despierte. Y que, otro día, un hombre, gravemente, tache el principio del libro del saber. Instruido por impacientes maestros, el pobre oye que es éste el mejor de los mundos, y que la gotera del techo de su cuarto fue prevista por Dios en persona.

Verdaderamente, le es difícil dudar de este mundo. Bañado en sudor, se curva el hombre construyendo la casa en que no ha de vivir. Pero también suda a mares el hombre que construye su propia casa. Son los irreflexivos los que nunca dudan. Su digestión es espléndida, su juicio infalible. No creen en los hechos, sólo creen en sí mismos. Si llega el caso, son los hechos los que tienen que creer en ellos. Tienen ilimitada paciencia consigo mismos. Los argumentos los escuchan con oídos de espía. Frente a los irreflexivos, que nunca dudan, están los reflexivos, que nunca actúan. No dudan para llegar a la decisión, sino para eludir la decisión. Las cabezas sólo las utilizan para sacudirlas. Con aire grave advierten contra el agua a los pasajeros de naves hundiéndose. Bajo el hacha del asesino, se preguntan si acaso el asesino no es un hombre también. Tras observar, refunfuñando, que el asunto no está del todo claro, se van a la cama.

Su actividad consiste en vacilar.Su frase favorita es: «No está listo para sentencia.»  Por eso, si alabáis la duda, no alabéis, naturalmente, la duda que es desesperación. ¿De qué le sirve poder dudar a quien no puede decidirse? Puede actuar equivocadamente quien se contente con razones demasiado escasas,
pero quedará inactivo ante el peligro quien necesite demasiadas. Tú, que eres un dirigente, no olvides
que lo eres porque has dudado de los dirigentes. Permite, por lo tanto, a los dirigidos
dudar.
 
 Bertolt Brecht. Loa de la duda.

martes, 19 de abril de 2011

CUANDO EL CAPITALISMO TAMPOCO CAMBIÓ

Atención, pregunta. ¿En qué se parece el colapso de Fukushima y la quiebra del sistema financiero mundial? En que estas dos catástrofes eran imposibles. En que no podían suceder o siquiera existir, como los unicornios, los dragones o los concejales de urbanismo honrados. En que en ambos casos nos mintieron (¿en cuántos más no lo harán?). En que aquellos que ganaban con la ficción de la infinita seguridad de las infalibles centrales nucleares, o con la trola de la absoluta bondad de los mercados financieros completamente desregulados, convencieron a la sociedad de que sus teorías eran ciencia probada. En que les ayudaron carísimos “expertos” vendidos al mejor sueldo, y que hoy ni siquiera admiten sus errores. En que aquellos que cuestionaban estos dogmas eran tachados de locos, de trasnochados, de irracionales, de apocalípticos o de idiotas. En que los beneficios de esas mentiras fueron privados, pero sus pérdidas son públicas, y las vamos pagar entre todos durante años. En el caso de Japón, durante siglos.


Hay una viñeta de Tintín que describe muy bien qué ha sucedido en los mercados financieros durante los últimos años. Es uno de los gags de “Aterrizaje en la Luna”. Tintín avisa a la tripulación, que flota ingrávida, de que en pocos segundos el cohete entrará dentro del campo de gravedad de la Tierra. “Sujetaos a algo”, grita Tintín. Y los inefables detectives Hernández y Fernández obedecen. Hernández se agarra a Fernández. Fernández se aferra a Hernández. Y, cuando la gravedad regresa, ambos se van al suelo.



La explosión de la burbuja inmobiliaria ha recordado al mercado la manzana de Newton: que lo que sube tiene que bajar. “Hemos llevado al capitalismo a su perfección, hemos acabado con el riesgo”, presumía hace unos años un bróker de la City londinense. El invento, sobre el papel, parecía bueno. El riesgo también se puede vender, y sobre eso se desarrolló el capitalismo abstracto sobre el que se levantaba el castillo de naipes que ahora se ha desmoronado. Doy hipotecas a los que no las pueden pagar, al tiempo que emito un bono (con una rentabilidad menor que el tipo de interés que cobro al hipotecado) que me permita recuperar el dinero lo antes posible y así volverlo a prestar otra vez. Esos bonos de cobro dudoso, los de las hipotecas de los pobres, quedan en teoría compensados por otros más seguros, los de las hipotecas de la clase media. Se mezcla el chóped con el jamón y así el riesgo desaparece; la banca siempre gana y los pisos nunca bajan de precio. Con esa misma fórmula, repetida mil veces, el riesgo se coló en la máquina y ascendió más y más hasta el corazón de las finanzas. Por el camino, una serie de vigilantes privados a sueldo del vigilado (que alguien pruebe ese mismo método en las cárceles, a ver qué tal) certifican que el enfermo goza de buena salud. Todo va bien mientras gira el carrusel. Todo va bien hasta que vuelve la ley de la gravedad –los hipotecados dejan de pagar, primero los pobres pero después también la clase media– y la banca se estrella contra el suelo mientras se pregunta qué paso, si no había riesgo posible. Si AIG Hernández sujetaba a Lehman Brothers Fernández. Y viceversa.



En realidad, ni siquiera es un invento nuevo. Ya pasó otra vez hace poco más de 20 años, en el crash de 1987. En aquella ocasión, los bonos basura –que era como se llamaba a esos bonos de alto riesgo- fueron también una de las causas que llevaron a Wall Street a su lunes negro, el 19 de octubre de 1987: la mayor caída de la bolsa desde 1929. En aquel momento, igual que ahora, se habló de nuevos controles más estrictos para evitar los excesos del capitalismo abstracto. Entonces, igual que ahora, se decía que el mercado había aprendido la lección, que el crash serviría de vacuna para la siguiente fiebre. Es obvio decir que de poco valió.



El capitalismo no es malo, lo han dibujado así. Es el peor sistema económico posible, a excepción de todos los demás. Sí, el mercado libre es la fuerza más poderosa de la galaxia, la búsqueda egoísta de la rentabilidad mueve el mundo, para lo bueno y para lo malo. Pero su voracidad es tan grande que siempre encuentra el camino para sortear –o desmantelar, a través de esa subespecie del poder económico llamada poder político– las regulaciones con las que sus víctimas intentan defenderse de sus excesos. Cada dos o tres décadas, más o menos, el mercado se olvida de que también es mortal, el cielo financiero se desploma sobre nuestras cabezas y hay que ceder al chantaje y pagar con los impuestos los errores de los bancos porque la alternativa es aún peor. Cada dos o tres décadas, la intervención del Estado demuestra ser la única vacuna para salvar al capitalismo de su avaricia caníbal. Cada dos o tres décadas, el libre mercado recuerda, por las malas, que hasta los deportes más agresivos necesitan un árbitro. Y entonces todo cambia para que todo siga igual.





Hay quien dice que Fukushima va a marcar el principio del fin de la energía nuclear en el mundo; que no habrá una cuarta oportunidad para una tecnología que antes falló en Three Mile Island y en Chernóbil. Les recomiendo que busquen en la hemeroteca lo que se publicó en 2008 a cuenta de la quiebra de Lehman Brothers y el hundimiento de las catedrales de Wall Street, una estafa global de la que aún no nos hemos recuperado y que no sólo ha quedado impune, sino que ni siquiera se han tomado las medidas necesarias para que no vuelva a suceder. ¿Es porque el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra? No sólo: es porque hay piedras que son de lo más rentables (para algunos).






…en el más verde de los valles que habitan
ángeles benéficos…..erguíase un palacio lleno de
Majestad y hermosura……dominio del rey pensamiento……
…..allí se alzaba.
…..y nunca un diablillo batió sus alas sobre cosa tan bella…..
…..la canción que cantaban las sirenas….
……lo que le hace la primavera a los cerezos….
O el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres……
Todo esto resulta enigmático.

(El Hechizo de viento del Tiempo…)